LUZ PARA EL FUTURO
13 marzo, 2016
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Por Nervis Villalobos. Director Técnico y de Operaciones en Enersia Technology & Innovation

Desde que el hombre es hombre, la luz ha sido sinónimo de vida y progreso, frente a la oscuridad, que envuelve todos nuestros miedos y nos llena de confusión y desasosiego. Tal vez por eso, el descubrimiento de la electricidad, que revolucionó el concepto de iluminación artificial, iluminando nuestras noches de un modo nunca antes imaginado, sea uno de los descubrimientos más trascendentes de la historia de la humanidad.  Es un hecho que caminamos más tranquilos por amplias avenidas iluminadas que por estrechos callejones en penumbra, que circulamos con mayor fluidez y seguridad por autopistas dotadas de luminarias y que sentimos que las ciudades adornadas con luces nocturnas son más humanas y acogedoras.

Pero además, la luz artificial tiene un componente económico que influye en la percepción de las personas. En nuestro mundo, la iluminación y el gasto energético que supone es un síntoma de prosperidad y bienestar. Que las personas tengan mejores condiciones de vida pasa por disponer de luz y energía en centros de salud y quirófanos, por mejorar la producción agraria a través de luces led o por tener escuelas y hogares aclimatados.  El índice de desarrollo humano, ese indicador de las condiciones de vida en distintos países elaborado por Naciones Unidas, habla de medidores que simplemente no existen cuando no se dispone de energía eléctrica. Sin luz artificial la sanidad, la educación y la riqueza de un área geográfica desaparecen.

Gasto energético e iluminación  están íntimamente ligados al producto interior bruto de un país desde la Revolución industrial.  Y eso se observa sin necesidad de ser ningún experto con sólo mirar un mapa lumínico del mundo. El hemisferio norte concentra el 80% de la luz. Europa, Japón y las costas de EEUU brillan más que nadie y las grandes capitales del mundo (Moscú, Nueva York, Londres o Tokio) muestran su poderío económico también desde el espacio. En el otro extremo, África y diversas áreas de Asia o Sudamérica desaparecen, sumidas en una inquietante oscuridad. La luz nos indica dónde se concentra el poder y el dinero, quién mueve los hilos del planeta.

Pero no es oro todo lo que reluce. Son cada vez más las organizaciones que alertan sobre las nefastas consecuencias de una iluminación artificial que nunca descansa en muchos núcleos superpoblados. Deslumbramientos, alteraciones del sueño, flora y fauna afectadas y un gasto eléctrico desproporcionado son algunos de los efectos de la creciente contaminación lumínica. La clave está en equilibrar necesidades y consumo para que el uso de la energía sea un poco más eficiente. De acuerdo a datos recientes del Banco Mundial el gasto per cápita de energía eléctrica en países desarrollados como Alemania, Japón o Reino Unido se sitúa entre los 5.000 y los 7.000kWH mientras que en Canadá o EEUU, primeros consumidores del mundo, está bastante  por encima de 13.000 kWH por persona. Todos estos países pueden presumir de estar en el G7, pero la distancia entre unos y otros en términos de consumo eléctrico es abismal. No parece que Canadá o EEUU estén haciendo los deberes en cuanto al uso eficiente y sostenible de los recursos. Algo que tendrán que revisar. Sobre todo a la vista de otros muchos países como Bangladesh, Nepal o Kenia que, en el polo opuesto, disponen un raquítico consumo de menos de 150 kWH por persona.

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