Acceso a la electricidad y desarrollo
15 junio, 2016
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Por Nervis Villalobos. Director Técnico y de Operaciones en Enersia Technology & Innovation.

A raíz de la crisis económica se ha hablado en España, y se continúa hablando, de la llamada “pobreza energética”. Es a buen seguro un tema que genera alarma social ya que desde nuestro punto de vista de país desarrollado entendemos la electricidad como algo que nos viene dado, al igual que el agua, y resulta inconcebible que algunos conciudadanos se vean abocados a esa situación de escasez. No es este el lugar para hablar de las causas, pero sin duda las razones motivadoras no se sitúan en el ámbito del acceso energético sino en su comercialización y gestión.  España se sitúa entre los países desarrollados en los que según los datos del Banco Mundial el 100% de la población tiene acceso a la electricidad.

La posibilidad de disponer de energía es uno de los indicadores principales del desarrollo socioeconómico de una nación, ya que su disponibilidad facilita la existencia de otros servicios básicos (agua, salud, etc.)  y el funcionamiento productivo.

Desde el mundo desarrollado tendemos a considerar como algo normal y cotidiano hechos como que al abrir un grifo mane agua o disponer en cualquier momento de la electricidad necesaria para nuestra vida diaria. Sin embargo, los citados datos del Banco Mundial sobre acceso a la energía eléctrica atestiguan que siguen existiendo zonas deficitarias a nivel global. Es en ese ámbito donde se podría hablar de “pobreza energética” con más propiedad.

Si analizamos a grandes rasgos dichos datos desde 1990 hasta el último año facilitado, 2012, se comprueba que en Europa y Asia Central la electricidad está a disposición del 100% de la población, así como en Estados Unidos. Y eso es así en la mayoría de los países integrantes de esos colectivos en toda la serie histórica.

América Latina y Caribe han ido evolucionando desde el 89,1% (1990) al 96,4 en 2012. Algo similar a lo ocurrido en Oriente Medio y África, con un  aumento del 10,4%, de 85,5 al 95,9. Un poco menor es el índice en Asia Meridional con un 78% en 2012.

El déficit aparece cuando nos centramos en el África Subsahariana cuyo índice era del 22,8% en 1990 y en 2012 apenas llegaba al 35,3% de personas con acceso a la electricidad. Y es más sangrante si nos detenemos en algunos países en particular; como por ejemplo, Sudan del Sur que en el periodo indicado ha pasado del 0% al 5,1%, Chad, al 6,3%, o la República del  Congo, al 16,4%.

Algunas fuentes señalan que alrededor de 1.300 millones de personas no disponen de acceso a la energía eléctrica, hecho que no es más que el reflejo de las desigualdades globales que persisten en el mundo.

Un informe de Ongawa, Ingeniería para el desarrollo humano, señala que aunque la electricidad no tiene la consideración de un derecho humano sí que facilita y contribuye a la obtención de otros derechos que puedan satisfacer los aspectos más básicos para una vida digna: cocinar, alumbrarse, calentarse. Del mismo modo, abre la puerta a la existencia de centros de salud, escuelas y a la actividad económica.

Desde la ONU está en marcha desde 2012 el programa “Energía sostenible para todos” que pretende tres objetivos para 2030, el acceso universal a servicios de energía, duplicar la eficiencia energética y duplicar también el porcentaje de energías renovables en el mix energético global.  En el seguimiento del plan realizado en 2015  se llegó a la conclusión de que, aunque se está avanzando en lugares como el Asia meridional y África al sur del Sahara, en especial en zonas urbanas, hay que hacerlo con más rapidez. Para conseguirlo no sólo se propugna mayor inversión sino también la transmisión de conocimientos y tecnologías para una energía sostenible así como vincular la energía a otros sectores de desarrollo.

Se calcula que unos 2.900 millones de personas aún utilizan biomasa como leña y estiércol para cocinar, especialmente en zonas rurales  del  África subsahariana, Asia meridional y Asia oriental, cuya combustión causa alrededor de dos millones de muertes por enfermedades respiratorias.

Si como se prevé la demanda de electricidad aumentará un 70% de aquí a 2035, urge una planificación que tenga en cuenta todos los desajustes citados. Lo que para unos países es generador de riqueza, para otros es cuestión de supervivencia.

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